08 febrero 2009

Los Ojos de Narciso


23q

Para que una asunción sea posible hace falta un Dios.
Tú posees precisamente la belleza justa, la ceguera
y las exigencias convenientes para ocupar el lugar
de un Todopoderoso. He hecho de ti,
a falta de algo mejor,
la piedra angular de mi universo.
Marguerite Yourcenar


Preocupada, la ninfa Liríope acudió ante el viejo Tiresias para saber qué le depararía el destino a su hijo. La predicción del adivino fue muy sencilla: el joven podía alcanzar una larga y exitosa vida, siempre y cuando, no se conociera así mismo; sí esto ocurría, el hermoso Narciso moriría tempranamente.

Como la mayoría de las predicciones, poca atención prestó el joven al vidente; y así, como sucediera con Aquiles o Edipo, no pudo escapar a su destino. A las orillas de un lago conoció su reflejo y, en medio del más elevado y fuerte de los egoísmos, se enamoró del ser más hermoso sobre la tierra: Él Mismo. Fue ahí donde decidió que su cuerpo no estaría destinado a ninfa o diosa alguna, ni existiría otro objeto que anhelara más que su boca. Pero como todo amor inmenso y perfecto, paradójicamente, era un amor imposible porque realmente era un amor no correspondido. Entonces, cual si se tratara del último sacrificio de amor, el joven Narciso sucumbió ante la muerte y la incapacidad de no poder poseerse. Su lugar sería ocupado por una flor, evidencia silenciosa de aquella pasión.

El mito de Narciso nos sirve para ejemplificar lo que puede ocurrir, algunas veces, con el fenómeno que llamamos amor. Acá el sujeto de nuestros pasiones es determinado por una serie de gustos, que tienden a ser referentes nacidos en el imaginario del individuo, y lo que cada quien desde su pequeño universo considera cualidades ideales. Estas cualidades suelen estar constituidas a partir de un conocimiento previo, socialmente aceptado, institucionalizado y biológico. Al hablar de “parejas ideales” hablamos de lo que, en apariencia, funciona para cada uno de nosotros, es decir, ciertas características a las que respondemos positivamente y que asumimos como el amor ideal. Es así como para algunas mujeres el hombre perfecto será aquel que pueda protegerlas (cual si del padre extraviado se tratara) y con ciertas características físicas que refuercen esta idea: Alto, buenmozo, espalda ancha, exitoso y comprensivo, etc. Por su parte, algunos hombres consideran que la mujer ideal será aquella que responda a los requisitos (madre añorada) de cariñosa, considerada, atenta, y bella. También los hay quienes consideran que el amor se encuentra en su polo contrario (nefasta leyenda nacida de la tergiversación popular del mito platónico) donde las mitades opuestas se “atraen”. Por supuesto, con los seres humanos no podemos hablar de constantes inquebrantables, por lo cual estas características no son definitivas y pueden variar según sea el tiempo y las sociedades a las que se pertenezcan.

En conclusión, al amar corres el riesgo de no amar a una persona en particular sino su capacidad para proyectar tu propio reflejo (positivo o negativo), cual si de un último suspiro de Narciso frente al lago se tratara.

Lo curioso de este planteamiento es que dentro de la practica amorosa idílica y heredera del amor cortés y del eterno sacrificio, esta experiencia suele vivirse entre los límites de Eros y Tánatos, donde, objetivamente, nuestro fin nunca será pensar en el otro (aunque no se reconozca y se piense que lo vivido es "amor del bueno") sino en nosotros mismos y lo bello que somos cuando amamos. Sin el otro no somos capaces de existir porque sólo en él, gracias a su papel de espejo, podemos identificarnos y reconocernos. Y es en este punto, cuando los amantes suponen alcanzar el ideal de pareja: ser dos que se transforman en uno. En realidad lo que nacen de este acto caníbal son monstruos bicéfalos con hambres insaciables, donde pocas veces puedes encontrar huellas de los seres originarios.

Ante este panorama propongo como estrategia huir, ya que estos son dos senderos que conducen al mismo lugar: la desaparición física o simbólica del individuo. Como ocurre con Narciso, este debe morir ante la imposibilidad de alcanzar una unión total (aquí vale la pena recordar a Bataille cuando dice "el amor discontinuo pide muerte"); mas, en la unión de pareja, este ideal sólo podría ser alcanzado por la anulación o desaparición del otro y por lo tanto del reflejo que amamos. Toda una paradoja.
Aspasia
...
Tras la muerte de Narciso, la ninfa, Eco, quien siempre estuvo enamorada de él, desapareció dejando atrás las palabras que alguna ves pertenecieron a ambos:

Entre calles gastadas,
rostros cansados,
camino esta loca ciudad
a la espera de tu compañía.
Aquí estoy,
meciéndome,
leyendo y pensando
en esta extraña adicción
que lleva tu nombre.
Lee tranquilo
mientras velas mis sueños.

4 Íncubos o Súcubos:

Elsa Sanguino dijo...

Me nacanta cuando tomas la pluma y sueltas la palabras. Así breve y conciso pero un texto muy diciente!
Excelente el enlace entre el mitoclásico y la realidad urbana.

Mis respetos
Hécate

Fania dijo...

despiertas quejidos de muy adentro...

Anónimo dijo...

Sinceramente es un texto muy logrado.No puedo decir más. (Armando)

ASPASIA dijo...

Los quejidos son síntomas de ese reflejo... Están allí, latentes, sólo hay que darles un empujoncito jejeje...