
" La tía Daniela se enamoró
como se enamoran siempre
las mujeres inteligentes:
como una idiota..."
Angeles Mastretta
"Mujeres de ojos grandes. p. 197"

" La tía Daniela se enamoró
como se enamoran siempre
las mujeres inteligentes:
como una idiota..."
Angeles Mastretta
"Mujeres de ojos grandes. p. 197"




1.- Quiero sumergirme en un lago contigo y sentir cómo el agua juega con nuestros cuerpos.
Meditando concienzudamente, o por lo menos eso creo, he llegado a la conclusión que hombres y mujeres caemos en ridículos, pero muy frecuentes, lugares comunes en cuanto a sentimientos se trata. Si uno se queja de nuestra indiferencia o exigencias, nosotras respondemos con una natural incapacidad cognitiva para entender la incertidumbre e insensatez de esa estúpida manía de no ser capaces de dar correspondencia al cuerpo y a los sentimientos (nótese mi frecuente adjetivación, síntoma de que las palabras son insuficientes para la razón) acompañados de la creencia de que amar es sinónimo de compromiso (hasta aquí he hablado por mi así que no tiene carácter ni científico ni lógico).
Existen reclamos que se hacen constantes entre hombres y mujeres. Ellos nos critican nuestra inseguridad y egoísmo; nosotras todo aquello que les hace falta para ser perfectos, incluyendo comprensión. Al parecer respondemos a ciertos supuestos y patrones instaurados, especialmente las mujeres, y señores no les hablo cual feminista, postmoderna, frígida y herida, ni siquiera creo en eso que somos de Marte o de Venus; simplemente, somos humanos, seres individuales, de fácil manejo pero complicada comprensión; pretender conocernos por completo sería como esperar el apareamiento de un panda fuera de temporada.
Por encima de esa utópica comprensión está el respeto, la comunicación y el conocimiento. Conocer, necesariamente no tiene que ser comprender, lo valioso está en respetar, delimitando nuestras diferencias y no tratar de cambiarlas. Cuanta aflicción me dan aquellas mujeres que creen que el matrimonio les hará el “milagrito” de que su novio cambie. ¿Es acaso muy difícil el disfrute sin egoísmos ni posesiones? ¿Sin esperar que el otro llene nuestras expectativas y nos haga feliz? ¡OK! lo acepto, eso es muy improbable pero no imposible.
En fin, me declaro incompetente para entenderte; además, no pretendo acceder a ningún esfuerzo sobrehumano para hacerlo, te respeto y ya… total, ¿cómo pretender conocer a otro cuando no te conoces a ti mismo? Y ¡ojo! Esto no es egoísmo, sutilmente, te respondo que esta es una humilde declaración de un minimalismo intelectual posreclamo de media tarde.
Los amorosos callan.
El amor es el silencio más fino,
el más tembloroso, el más insoportable.
Los amorosos buscan,
los amorosos son los que abandonan,
son los que cambian, los que olvidan.
Su corazón les dice que nunca han de encontrar,
no encuentran, buscan.
Los amorosos andan como locos
porque están solos, solos, solos,
entregándose, dándose a cada rato,
llorando porque no salvan al amor.
Les preocupa el amor. Los amorosos
viven al día, no pueden hacer más, no saben.
Siempre se están yendo,
siempre, hacia alguna parte.
Esperan,
no esperan nada, pero esperan.
Saben que nunca han de encontrar.
El amor es la prórroga perpetua,
siempre el paso siguiente, el otro, el otro.
Los amorosos son los insaciables,
los que siempre —¡qué bueno!— han de estar solos.
Los amorosos son la hidra del cuento.
Tienen serpientes en lugar de brazos.
Las venas del cuello se les hinchan
también como serpientes para asfixiarlos.
Los amorosos no pueden dormir
porque si se duermen se los comen los gusanos.
En la obscuridad abren los ojos
y les cae en ellos el espanto.
Encuentran alacranes bajo la sábana
y su cama flota como sobre un lago.
Los amorosos son locos, sólo locos,
sin Dios y sin diablo.
Los amorosos salen de sus cuevas
temblorosos, hambrientos,
a cazar fantasmas.
Se ríen de las gentes que lo saben todo,
de las que aman a perpetuidad, verídicamente,
de las que creen en el amor como en una lámpara de inagotable aceite.
Los amorosos juegan a coger el agua,
a tatuar el humo, a no irse.
Juegan el largo, el triste juego del amor.
Nadie ha de resignarse.
Dicen que nadie ha de resignarse.
Los amorosos se avergüenzan de toda conformación.
Vacíos, pero vacíos de una a otra costilla,
la muerte les fermenta detrás de los ojos,
y ellos caminan, lloran hasta la madrugada
en que trenes y gallos se despiden dolorosamente.
Les llega a veces un olor a tierra recién nacida,
a mujeres que duermen con la mano en el sexo, complacidas,
a arroyos de agua tierna y a cocinas.
Los amorosos se ponen a cantar entre labios
una canción no aprendida.
Y se van llorando, llorando
la hermosa vida.
En la Quinta San José, Sur 5, en Puente Hierro, parroquia Santa Rosalía de Caracas, nació el 10 de mayo de 1889 Armando Julio Reverón Travieso, hijo del matrimonio conformado por don Julio Reverón Garmendia, caraqueño, fracasado estudiante de derecho, aficionado a las drogas y al juego; y doña Dolores Travieso Montilla, valenciana y quien se ha descrito en numerosas ocasiones de carácter “frívolo y excéntrico”. Ambos padres provienen de familias acomodadas, mas, se sospecha que ante la holgada posición social de la esposa, don Julio decide casarse como salvación a sus presiones económicas y deudas de juego. La extraña unión de sus padres y el ambiente en que se envuelve durante sus primeros años, hacen pensar que Armando Reverón nació entre una familia no tradicional, aparentemente, incapaz de brindar un hogar ideal para su crianza.
( ¿continuará? definitivamente sí, y se acabará de una vez por todas )
El erotismo, el sexo, los tabúes y creencias se desarrollan en nuestra cultura enmarcados dentro de particulares periodos históricos. Sin civilización no puede existir el erotismo, y sin erotismo, energía sexual suprimida y alienada, no puede existir civilización. Junto a este panorama, en el siglo pasado Freud mostró al mundo la existencia, por encima delinstinto de vida, del instinto de muerte; ambos, Eros y el Tánatos habrán de coexistir en el hombre en un eterno enfrentamiento, sin decirnos al final, cuál de los dos ganará porque sus reinos son de igual poderío.
Muerte y Vida fueron hermanas durante el arribo del conquistador al impúber continente americano, aquellas tierras que se elevaron en el horizonte como el paraíso perdido y deseado, no tanto por su exótica belleza natural sino por el idilico sueño de que todo en él estaba permitido, incluso el instinto.
En La Conquista Erótica de las Indias, de Ricardo Herren, la historia cobra un matiz diferente, alejado del archiconocido estribillo educativo, caminos de mórbidas envestiduras donde el “colonizador”, esta vez no sólo de tierras sino de cuerpos, impone una nueva ley, un nuevo acto de una degenerada evolución donde la destrucción da paso a una nueva vida, al supuesto nuevo mundo.
En las estepas, el león más fuerte muestra su poder desterrando o matando al antiguo jefe y asesinando a sus cachorros, aún así sin importar lo ocurrido, las leonas servirán al nuevo rey quien pronto se apoderará de sus vientres con una descendencia propia. Como leones los españoles llegaron a este lado de la América para adueñarse de cuánto quisieron y de igual forma dejar su semilla dentro de los cuerpos de las indias. El que logre apoderarse del instinto sexual y de la lujuria podrá dominar al ser humano. El sexo es poder. Eso sí, no vale preguntarse por el amor, ese es el mayor invento civilizador de la historia.
En La Conquista Erótica... no podemos juzgar ni la moralidad española ni la indígena, acá el concepto de moral queda desechado, así como los tabúes y los dogmas sexuales. Recuerden que esto era el paraíso y como en el paraíso bíblico aún el pecado no estaba inventado.