Con el coño aún palpitando apenas pude sentir el beso de bienvenida. — ¡Qué Dios me la bendiga!—. Aprieto las piernas para volver a sentirlo dentro. —Tienes un culo precioso —susurró para que no lo escucharan— Un señor culo—. Éramos amigos desde la infancia cuando descubrimos que correr por el campo era descubrir el filo de la existencia, que el corazón podía cambiar de lugar, que el sudor nacido en la frente puede inundar cuellos, brazos y pechos. Aquel día creí que era sudor lo que sentía en la cara interior del muslo. — ¡Gané! —grité con fuerza cuando vi que se detuvo. Asustado, me recostó sobre el suelo, al mismo tiempo descubrí el olor de la piel que se abre para despedir almizcle. Absorto metió su dedo en mi boca para humedecerlo, siguió la dirección contraria a la sangre, limpiando todo y dejando una mancha rosácea tras de él, llegó al origen, hundió un poco y preguntó — ¿te duele? —. En medio del repugnante aliento a dentífrico, tomó entre sus dientes el lóbulo de mi oreja —Tu coño huele a virgen. No te preocupes, quedará intacto, no seré yo quien lo use; en cambio, esto sí que me provoca—. Bajó su rostro hasta mis nalgas, acarició y lamió con malsano deseo; se incorporó y enterró su codo en mi espalda hasta voltear mi rostro hacia el pasillo; desabrochó su pantalón; mi respiración aumentaba al ver el resplandor de la carretera colarse entre las cortinas, podía sentir cómo sus dedos hurgaban tras la búsqueda de la dilatación precisa; apagó mis quejidos con su boca —No queremos que se despierten— dijo. En la estación de servicio lo observé, desafiante, camino al baño. Él disfrutaba llevar la bragueta abajo exponiéndose ante todos, desnudo, sin ropa interior; su dicha aumentó cuando la señora de limpieza entreabrió sus labios y extendió su mano, mirándolo fijamente, para recibir el pago. Sabía que la audacia trae consigo miedo, deseo y poder. El dedo entraba y salía haciendo círculos. Poco a poco comenzaba a ceder ante su rostro de satisfacción. —Diez horas son suficientes para que te acostumbres y empieces a disfrutarlo—. Una vez más humedeció su dedo pero esta vez fueron dos los que entraron. Estiré las piernas, sin darme cuenta empecé a moverme de atrás hacia delante mientras él detenía su mano. Sabía del extraño placer que ofrece el dolor. Con su áspera voz extranjera susurró —eso es… ya te está empezando a gustar ¿estás lista para recibir un poco más? —su mano volvió a guiar mi cabeza, hasta meterlo en mi boca. El sabor y el olor eran repugnantes mas su cara de goce no tenía precio. —¡Quiero verlo!—le dije, el hombre yacía en la acera con su sucia desnudes expuesta al frío; aún así, era atractivo. Me acerqué sin hacer ruido, un enorme miembro, cuya punta destilaba semen, languidecía hacia un costado, lo toqué con el dorso de mi mano. De repente, abrió los ojos, me tomó con fuerza y me restregó contra su sexo. Una risa rancia y mohosa inundó la calle. Jesús solo observaba al otro lado de la acera mientras fumaba un cigarrillo y gritaba —¡Te lo mereces por curiosa! — al acercarse, subió mi falda, metió su mano y dijo —Lo peor de todo es que te excita—. Nuevamente humedeció con mis propios jugos la abertura. Mordió mis hombros, mi espalda y mis senos. Con cada movimiento embestía con mayor fuerza. El autobús pisó un bache en la carretera y el brinco hizo que lo metiera por completo. Los cuerpos se balanceaban con cadencia frenética, abrí los ojos para que el placer saliera a través de ellos. Uno de los pasajeros se masturbaba en el puesto continuo. Cobo lamió mi mejilla —¿ves? Todos quieren probar alguna vez un culo como el tuyo —. Un nuevo quejido corta el movimiento pero esta vez lo ahogo con mi propia mano. Cuando aún mis piernas no tocaban el suelo descubrí que rozar mi sexo al apoyabrazos del mueble producía un calor agradable y húmedo, esta vez fue el chorro caliente que inundó mis entrañas el que produjo la encantadora sensación de abundancia y satisfacción. El conductor anuncia la parada. Desde la ventana puedo ver a mi abuela y a Jesús esperando en el andén. Recojo mi sábana y me despido como si nada hubiera pasado. Aprender a caminar con dolor me produce risa. La abuela me recibe con su acostumbrada alegría mientras dibuja una cruz en mi frente. Jesús toma la pequeña maleta y mira con suspicacia al hombre que se acerca y murmura —Ahora puedes cogerte a quien quieras.
15 enero 2011
Soliloquios (parte 1)
1.-
Escritor: --Tres de la madrugada y aún la sombra permanece anclada en la pared... Sólo dos páginas escritas, una mano desnuda, incoherencias, pérdidas de memoria; pero, la historia está completa: Ellos han hablado.
Comentario del Autor: Quien enfrenta la escritura con el arrojo del mártir, concebir ideas, estructuras, personajes e historias, es una problema que rebasa los designios de la técnica o el estilo. Algunos hablan de inspiración, otros de genialidad pero a ciencia cierta no existen fórmulas definitivas.
2.-
Irene: --Es que todos me salieron con el mismo cuento “tú necesitas a alguien mejor que yo”. Pero ¿qué coños querían si siempre los quise a ellos?con sus virtudes y defectos, y miren que defecto era lo que le sobraban: José fumaba en la cama, Carlos se iba con sus amigos, a Jonás le olían los pies, Rubén no sabía hablar... pero eso jamás me importó, yo los amaba. Pero no. Ninguno quiso mentir como ordena la ley: decir que me amaban, poner el anillo en su lugar y darme el puesto que merezco. Hasta les di la oportunidad de tener una aventura al mes, eso sí sin corazón porque lo contrario sería montarme cachos. Es que era muy fácil entregar todo a cambio de tan poco...
Comentario del Autor: La mujer de los 15 a los 20 piensa “me casaré con quien yo quiera”. De los 20 a los 25 “me casaré con quien me quiera”. De los 25 a los 30 “me casaré con quien Dios quiera”. De los 30 en adelante “me casaré con cualquiera”...
21 abril 2010
El Informe
¿De todas las cosas que podía ocurrir hoy, porqué tenía que olvidarme del informe si lo había dejado encima de la mesa? Y pa’ colmos, mi gran bocota que prometió entregarlo esta tarde. Otra vez una llamada pérdida, ¡que se joda!, si pregunta le diré que no lo escuché. Mierda, que calor hace. Coño, tú sí que tienes bolas de colearte ¡Sáquelo señora, es un coleado! Al fin... ¡No empuje, vieja gorda! No joda, parada y con esta peste al lado, ¡viejo cochino!... Coño’elamadre, carajito, pisa cinco centímetros más abajo. Otra llamada pérdida, ¿acaso no hay nadie en esa oficina qué arregle las vainas?... Tengo una hora para llegar y volver con el maldito informe. ¿Por qué no lo guardé en el correo? ¡Mierda! ¿Pero qué es este olor? Es horrible. Me duelen los pies. ¡No joda! De regreso agarro un taxi. Permiso, permiso, ¡quítese vieja gorda! ¿Otra llamada más? ¡Jódanse! ¡Guácala! aún siento el olor de ese viejo, a pescado podrido… a… ¡Asco!. Las llaves, ¿dónde coños metí las llaves? ¿Dónde está la mierda esa? Ajá… está bien… completo… ¡No joda, no aguanto éste olor! ¿Qué demonios es lo que pasa? ¿Se me pegó en la ropa?... ¡Coño, que se jodan!...llegaré tarde, necesito quitarme ésta mierda… bañarme. Listo… estas bragas se ven muy bien, razón tiene Pablo al decir que porto un culo con personalidad. ¿Qué? aún… ¿qué vainas es pues?... ¿y el perfume? no, mierda ahí está, sigue ahí, debajo de la nariz, en las manos, en el cuello, en todos lados… no es la ropa. ¡Maldito viejo! Agua, está ahí, más agua, debajo de la piel, jabón, ¡salte, maldita sea, salte!... No se quita, mierda pero no se quita… ¡Coño!... Aló, Matilde. No, olvida el maldito informe, no iré a la oficina.
06 marzo 2008
Ella
Hará cosa de un año que conocí a madura mujer de bondadoso carácter y acomodada posición. Su esposo había muerto tras una dolorosa y prolongada enfermedad; mientras, sus tres hijos, ya hombres y mujeres profesionales y con hogares establecidos, pocas veces la visitaban ante el hecho de vivir en ciudades diferentes. Ante este panorama, podrán ustedes imaginar que a esta señora sólo la costumbre y la soledad la acompañaban.
A pesar de sus casi 60 años, los mismos que ella gustaba recalcar insistiendo que le quedaban menos de cinco de existencia, no podría decir que esta mujer era vieja. A pesar de su obstinación por los deberes de un estancado hogar ejemplar, su cuerpo jamás se dejó marchitar por la cocina y los años; todo lo contrario, era admirable ver como se complementaba la lozanía y suavidad de su piel con la profundidad de sus grandes ojos negros que hacían de ella una hermosa y exótica mujer de elegante y cautivador porte.
Contrastando con aquella agraciada imagen se encontraban los interminables días de esta mujer. Uno y otro se apretujaba en el calendario sin ofrecer sorpresa alguna. Los días de baile y alegría de juventud, cedieron ante un imprevisto matrimonio, la llegada de los hijos, después, los nietos, y ahora, a la extraña sensación de viudez que tanto pesaba; pero no por un marido, sino por el luto que queda al llorar la muerte de su propia vida. Sólo quedaban los recuerdos, y el sabor amargo de aquellos años que regresaban cuando por las tardes observaba el horizonte a través de la ventana más alta de su casa mientras escuchaba una y otra vez un disco de La Lupe que su mejor amiga le había regalado varios años atrás. Quizá fue aquel hechizo musical que no le permitió ver el auto estacionado frente a su casa; sólo el escuchar el grito de su nombre pudo sacarla de aquel extraño trance. La visitante no era otra que la hija mayor de su comadre y amiga, quien ante la última voluntad de su madre había viajado largamente para entregar un regalo a aquella mujer. Al verla, una lágrima descendió por su mejilla, mientras que una alegría dormida la impulsaba a bajar corriendo las escaleras mientras repetía el nombre de su compañera.
Un abrazo fuerte y eterno confirmó el inesperado encuentro. El saber que aquel regalo no era otra cosa que las tarjetas, cartas y juguetes que compartieron durante su juventud, hizo que el hueco que le colgaba en el pecho se extendiera a todo su cuerpo.
Aquella tarde, ambas mujeres la pasaron hablando de historias y recuerdos. Al parecer, y sin importar la diferencia de edad, la vida las había unido con felicidades, dolores, pérdidas y nostalgias; las mismas habían desfilado delante de sus ojos hasta ocupar parte de la noche. Por el arribo de las horas y ha sabiendas que en un hotel no estaría tan cómoda como en su casa, decidió invitar a la joven para que se quedara a dormir. Antes prepararían juntas una espléndida cena, la cual al ser puesta le reveló que por primera vez en diez años dos platos ocupaban un lugar en aquella amplia mesa.
Las largas horas de recuerdos sólo trajeron consigo la confirmación de lo grande y sola que se le hacía aquella casa. Por mucho tiempo había evitado enfrentar la sentencia de que su felicidad estaba forjada en el bienestar de otros, esos quienes ahora la llenaban de tristeza. Sólo el llanto parecía distraerla del dolor, quería que la noche trajera consigo la muerte, esta vez no sentida con miedo sino como la ansiosa salida a tanto vacío.
La joven quien tardaba en dormirse había escuchado cada uno de sus suspiros y decidió levantarse para ver qué ocurría. Al entrar a la habitación encontró la fragilidad y nostalgia hecha mujer. Se sentó a su lado, la abrazó fuertemente y con sus manos limpió aquel hermoso rostro empapado. Ambas sonrieron ante la suerte compartida y manteniendo aquel abrazo se acostaron juntas sin decir palabra alguna. Había pasado mucho tiempo desde que sintió otro cuerpo junto al suyo. Ver a aquella joven le recordó cuando era la madre de esta, siendo ambas unas niñas, se metía miedosa en su la cama en las noches frías de colegio. Ante el recuerdo empezó a acariciar los cabellos de la chica mientras sentía como ella hundía su nariz en su pecho para olerlo. Unos labios cálidos se posaron en los suyos. Ante la sorpresa del beso llegaron nuevas nostalgias olvidadas. Ambas mujeres se sintieron crecer bajo las sabanas, mientras la piel dormida se despertaba ante las caricias nuevas. Un silencio casi etéreo entró por la ventana, ya nada quedaba de aquella servidumbre que era el recuerdo.
12 enero 2008
La condena
Pido permiso ante la palabra empeñada, sin testigos, ni padrinos, ni amigos, me enfrentaré a sus bien fundadas acusaciones para que sepan que sólo Dios habla por mi boca. Yo que en horas de angustiosa cordura promulgué el eco del recato y el pudor. Hoy, cual penitente, declaró mi arrepentimiento por tal desatino y someto a su aprobación el relato que aquí les traigo.
Aquel día no se parecía a los anteriores. Sus manos quejumbrosas dejaron de dibujar el aire para someterse al peso de la gravedad. Sólo un quejido gutural señalaba la proximidad de la vida; pero sus espasmos repentinos me avisaban que la muerte se sentaba en la cabecera de su cama. Su rostro era un punto aislado de toda esta escena sepulcral: pálido, horriblemente hinchado, parecía apagarse entre la sombra que rodeaba sus ojos. El viaje estaba cerca y ambos lo sabíamos. Yo, testigo casual de sus delitos en favor de la gloria, conocí y compartí aquel terrible vicio que nos ahogaba entre densos vapores para elevar nuestros cuerpos por encima de la cama, impulsados por el serpentear de una mancha rosácea que se apoderaba del final de su espalda. El mismo movimiento que nos sometía a las visiones del Supremo.
No importaba cuán peligroso fuera aquel experimento; confundida, tomaba su mano, mientras la otra secaba las gotas de su frente para finalmente colocar mi cuerpo encima del suyo como único anclaje a este mundo terrenal. Sólo mi cuerpo podía darle el calor que él necesitaba. Varias veces insistió que abandonara mis ropajes porque condensaban el frío de sus huesos. Y fue así, entre mi piel y sus dedos, que entendí que el sólo era un instrumento.
Antes de aquella noche, la proximidad de su aliento sirvió para iluminar mi aprendizaje. Cada palabra que pronunciaba guiaba mi alma y mi cuerpo hacia la iluminación. Lamentablemente, los fuertes dolores sometían su temple y él sólo podía dejarse llevar por los espasmos, clavando sus dedos sobre la cama, girando los ojos hacía donde se encontraba la muerte, y preparándose para volar. Mientras, yo temblaba al ver lo que parecía ser un sufrimiento insostenible, no entendía cómo aquel hombre desterrado, un condenado a muerte podía ser un Santo; y en verdad lo era, porque sólo un santo podía elevar mis entrañas y extender mis brazos hacia Dios.
En mí comenzó su ministerio, desterró todas las falsas creencias y cada ligadura que me mantenía sometida al recato y a la envidia. Poco a poco, aprendí a conocer el rostro de Dios en su rostro y con él el secreto de cómo crear calor en un simple roce de manos. Pero, mientras yo más aprendía, más su cuerpo se debilitaba. Él sólo contestaba que yo sería su profeta, su vidente. Me enseñó a volar, a convertir la sangre en gloria, a abandonar mi cuerpo y apoderarme del suyo, tuve su poder en mis manos, en mis ojos y en mi boca. Un ángel apareció un día para clavar su daga en mi pelvis, anunciando que el final de aquel hombre estaba cerca.
Hace veintitrés noches que mi señor quedó tendido en su cama, delgado y perdido.
Cuando se secó la sustancia blanquecina sobre su carne, no pude sino abrazarlo y llorar, llorar a cantaros, llorar a muerte, llorar de felicidad. Sus últimas palabras quedaron trenzadas en mis cabellos para inspirar cada frase que digo en su nombre, inclusive las que acá he traído. Las mismas manos que una vez sostuvieron su cuerpo vacío son las que ahora les presento, son las mismas que conocen de piedad, de tiempo, de placer, de dolor… son sus manos, no las mías… yo… yo sólo soy un instrumento.
------------------
Todos guardaron silencio, la sala en pleno bajó sus los ojos y se iluminó por el destello de aquella mujer. A pesar de que ya estaba condenada a muerte, sabían que sólo merecía la gloria, porque ella, ella era una Iluminada, eso que algunos llaman Santa.

