12 mayo 2008

Los Amorosos


 
LOS AMOROSOS
Los amorosos callan. El amor es el silencio más fino, el más tembloroso, el más insoportable. Los amorosos buscan, los amorosos son los que abandonan, son los que cambian, los que olvidan. Su corazón les dice que nunca han de encontrar, no encuentran, buscan.
Los amorosos andan como locos porque están solos, solos, solos, entregándose, dándose a cada rato, llorando porque no salvan al amor.
Les preocupa el amor. Los amorosos viven al día, no pueden hacer más, no saben. Siempre se están yendo, siempre, hacia alguna parte. Esperan, no esperan nada, pero esperan.
Saben que nunca han de encontrar. El amor es la prórroga perpetua, siempre el paso siguiente, el otro, el otro. Los amorosos son los insaciables, los que siempre —¡qué bueno!— han de estar solos.
Los amorosos son la hidra del cuento. Tienen serpientes en lugar de brazos. Las venas del cuello se les hinchan también como serpientes para asfixiarlos. Los amorosos no pueden dormir porque si se duermen se los comen los gusanos.
En la obscuridad abren los ojos y les cae en ellos el espanto.
Encuentran alacranes bajo la sábana y su cama flota como sobre un lago.
Los amorosos son locos, sólo locos, sin Dios y sin diablo.
Los amorosos salen de sus cuevas temblorosos, hambrientos, a cazar fantasmas. Se ríen de las gentes que lo saben todo, de las que aman a perpetuidad, verídicamente, de las que creen en el amor como en una lámpara de inagotable aceite.
Los amorosos juegan a coger el agua, a tatuar el humo, a no irse. Juegan el largo, el triste juego del amor. Nadie ha de resignarse. Dicen que nadie ha de resignarse. Los amorosos se avergüenzan de toda conformación.
Vacíos, pero vacíos de una a otra costilla, la muerte les fermenta detrás de los ojos, y ellos caminan, lloran hasta la madrugada en que trenes y gallos se despiden dolorosamente.
Les llega a veces un olor a tierra recién nacida, a mujeres que duermen con la mano en el sexo, complacidas, a arroyos de agua tierna y a cocinas.
Los amorosos se ponen a cantar entre labios una canción no aprendida. Y se van llorando, llorando la hermosa vida.

10 mayo 2008

Reverón...

Los últimos tres años de mi vida el nombre de Armando Julio Reverón Travieso ha rondado cada rincón de mi universo. Sé que es incomparable con los cinco años que pasó Juan Carlos Palenzuela investigando la obra de este artista nacional, trabajo recopilado en su última obra "Reverón: la mirada lúcida"; pero es que Reverón parece que se te mete en la psiquis, he llegado a soñar con él, sueño donde me dice que ya no más, que al fin todo esto tiene que acabar: la mayor de mis excusas tiene que llegar a su final... y avanzar. Hoy 10 de mayo es el día del artista plástico nacional, pero a veces me parece tan ridículo los anuncios gubernamentales, los honores y premios tan deseados por muchos, tanto que trabajan por ellos, el repetir sordo del nombre del "loco de la Guaira", que he llegado a la conclusión que es una de las fechas más contradictorias del calendario. Aún hoy, después de tanto tiempo, después de ese querer reencontrarse con la obra de Reverón a raíz de su exposición en el MOMA, pensar que siguen llamándolo "loco" me produce retorcijones de tripa, cólicos que aumentan cuando olvidan que en el arte verdadero quienes desean llamarse artistas han de entender que no es un título nobiliario, ni de "caché", ni de prestigio como suelen creer los que se llaman intelectuales, es un acto de conversión filosófica, casi místico-religiosa, es la vida misma, y de eso sabía más que nadie Armando Reverón. Como dice ese otro místico (no puedo llamarlo mago como recuerdo lo han denominado porque para mi su expresión no es parte de añejos trucos de carta ni conejos, él sabe de brujería, de sortilegios... pero esa es otra historia) que es Carlos Zerpa, en su siempre presente frase del maestro Frank Zappa:
"En el arte definitivamente hay que atreverse, hay que participar de una subversión por la libertad total"

09 mayo 2008

El erotismo como poder y dominio.

La Conquista Erótica de las Indias
El erotismo, el sexo, los tabúes y creencias se desarrollan en nuestra cultura enmarcados dentro de particulares periodos históricos. Sin civilización no puede existir el erotismo, y sin erotismo, energía sexual suprimida y alienada, no puede existir civilización. Junto a este panorama, en el siglo pasado Freud mostró al mundo la existencia, por encima delinstinto de vida, del instinto de muerte; ambos, Eros y el Tánatos habrán de coexistir en el hombre en un eterno enfrentamiento, sin decirnos al final, cuál de los dos ganará porque sus reinos son de igual poderío.
Muerte y Vida fueron hermanas durante el arribo del conquistador al impúber continente americano, aquellas tierras que se elevaron en el horizonte como el paraíso perdido y deseado, no tanto por su exótica belleza natural sino por el idilico sueño de que todo en él estaba permitido, incluso el instinto.
En La Conquista Erótica de las Indias, de Ricardo Herren, la historia cobra un matiz diferente, alejado del archiconocido estribillo educativo, caminos de mórbidas envestiduras donde el “colonizador”, esta vez no sólo de tierras sino de cuerpos, impone una nueva ley, un nuevo acto de una degenerada evolución donde la destrucción da paso a una nueva vida, al supuesto nuevo mundo.
En las estepas, el león más fuerte muestra su poder desterrando o matando al antiguo jefe y asesinando a sus cachorros, aún así sin importar lo ocurrido, las leonas servirán al nuevo rey quien pronto se apoderará de sus vientres con una descendencia propia. Como leones los españoles llegaron a este lado de la América para adueñarse de cuánto quisieron y de igual forma dejar su semilla dentro de los cuerpos de las indias. El que logre apoderarse del instinto sexual y de la lujuria podrá dominar al ser humano. El sexo es poder. Eso sí, no vale preguntarse por el amor, ese es el mayor invento civilizador de la historia.
En La Conquista Erótica... no podemos juzgar ni la moralidad española ni la indígena, acá el concepto de moral queda desechado, así como los tabúes y los dogmas sexuales. Recuerden que esto era el paraíso y como en el paraíso bíblico aún el pecado no estaba inventado.
La conquista no enfrentó solamente a Eros y a Tánatos, sino a toda la fuerza de una civilización Apolónica contra el lujurioso y tentador mundo Dionisiaco de la América descubierta, sin considerar que ambos serían muerte e inicio de un mundo nuevo. Lo curioso es que al final, y contra la herida que en estos días cierta concepción política quiere abrir, como para sacarle las últimas gotas de sangre y rencor que lleva consigo tras de 500 años de aquel día, Latinoamérica es el crisol donde convergieron para bien o para mal, lo bueno y lo malo de ambas culturas. Total, el color, el sabor y la pasión de nuestra sangre nadie no los quita.