12 febrero 2009

Celebrando al Enormísimo Cronopio

cortzar

Emprender la aventura de leer a Cortázar es experimentar un crepitar de carriolas sensitivas. Es ceder casi de forma macabra tus dominios de lector acomodado para transformarte en un invidente que danza descalzo al borde de un risco mientras un viento húmedo lava tu rostro. Y vuelas y corres. Con Cortázar sientes que vives, que subes y bajas mientras él te lleva de la mano afirmando que aún falta una vuelta más, un torbellino más. Retomas la ingenuidad perdida entre las páginas de la gente grande, entre autores duros, entre la gente seria forjadora de nexos lingüísticos que te obligó a crecer; pero él vuela a salvarte, sabe cómo traerte ante la inocencia pérdida, refresca tu memoria al mismo instante que descubre la sábana donde te esconderás para seguir leyendo y poder escuchar el susurro que dice que eres tú por quien él ha escrito.

Con Cortázar te vuelves un vagabundo para quien las palabras no son más que juguetes y malsana diversión. Se te vuelan los tapones. Puedes decir con orgullo que eres adicto a él, a sus historias, a sus libros, que has tomado café con la Maga, hablado de jazz y de saxos y de sexos o de las calles húmedas y grises de París. Para nadie es un secreto que el tiempo se derrite mientras crees que eres un verdadero cronopio pero que lo verde se te ocultan detrás de los cabellos, en medio de los párpados y en el pliegue interno de tu codo. Eso sí, no se lo digan a nadie éste es un secreto de Cortázar, míocortazar y si te atreves a jugar y ser confidente también puede ser tuyo.

Por mi parte, sólo me queda el compromiso de que hoy asaltaré una plaza para predicar su palabra. Con megáfono en mano leeré el único verbo divino, el único capítulo justo que salvará a todos los pecadores desde el Río de la Plata hasta el Delta del Orinoco (ni más ni menos porque esto es un casi un Arca de Noé):Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar”. Hoy seré misionero, malabarista y torero. Abordaré a las madres, a los hijos y a los locos. Haré algodoncitos impregnados de mate para despejar las frentes y eliminar el catarro. Donaré gatos a los ancianos para que al final todos al unísono cantemos una canción de cuna para empujar la última rayuela que se dibujó en mi mano.

Hoy hace 25 mundos que no estás y hasta hoy es que te encuentro.

11 febrero 2009

Nudo

“Todo amor es trágico.

El amor compartido muere de saciedad,

el amor no compartido de inanición.

Pero la muerte por inanición es más lenta y más penosa”.

Lou Andreas Salomé

Gira, retuércete,

busca mi cuerpo en el tuyo.

Muérdeme la lengua delatora,

quejidos y alaridos de bestia.

Deja que el volcán

entre en erupción

y desparrámate exhausta

sobre mi cadáver.

Enloquece conmigo, amor.

Suelta amarras

Deja volar fantasías

de adolescentes

pervertidas, febriles,

inocentes de toda religiosidad.

08 febrero 2009

Los Ojos de Narciso


23q

Para que una asunción sea posible hace falta un Dios.
Tú posees precisamente la belleza justa, la ceguera
y las exigencias convenientes para ocupar el lugar
de un Todopoderoso. He hecho de ti,
a falta de algo mejor,
la piedra angular de mi universo.
Marguerite Yourcenar


Preocupada, la ninfa Liríope acudió ante el viejo Tiresias para saber qué le depararía el destino a su hijo. La predicción del adivino fue muy sencilla: el joven podía alcanzar una larga y exitosa vida, siempre y cuando, no se conociera así mismo; sí esto ocurría, el hermoso Narciso moriría tempranamente.

Como la mayoría de las predicciones, poca atención prestó el joven al vidente; y así, como sucediera con Aquiles o Edipo, no pudo escapar a su destino. A las orillas de un lago conoció su reflejo y, en medio del más elevado y fuerte de los egoísmos, se enamoró del ser más hermoso sobre la tierra: Él Mismo. Fue ahí donde decidió que su cuerpo no estaría destinado a ninfa o diosa alguna, ni existiría otro objeto que anhelara más que su boca. Pero como todo amor inmenso y perfecto, paradójicamente, era un amor imposible porque realmente era un amor no correspondido. Entonces, cual si se tratara del último sacrificio de amor, el joven Narciso sucumbió ante la muerte y la incapacidad de no poder poseerse. Su lugar sería ocupado por una flor, evidencia silenciosa de aquella pasión.

El mito de Narciso nos sirve para ejemplificar lo que puede ocurrir, algunas veces, con el fenómeno que llamamos amor. Acá el sujeto de nuestros pasiones es determinado por una serie de gustos, que tienden a ser referentes nacidos en el imaginario del individuo, y lo que cada quien desde su pequeño universo considera cualidades ideales. Estas cualidades suelen estar constituidas a partir de un conocimiento previo, socialmente aceptado, institucionalizado y biológico. Al hablar de “parejas ideales” hablamos de lo que, en apariencia, funciona para cada uno de nosotros, es decir, ciertas características a las que respondemos positivamente y que asumimos como el amor ideal. Es así como para algunas mujeres el hombre perfecto será aquel que pueda protegerlas (cual si del padre extraviado se tratara) y con ciertas características físicas que refuercen esta idea: Alto, buenmozo, espalda ancha, exitoso y comprensivo, etc. Por su parte, algunos hombres consideran que la mujer ideal será aquella que responda a los requisitos (madre añorada) de cariñosa, considerada, atenta, y bella. También los hay quienes consideran que el amor se encuentra en su polo contrario (nefasta leyenda nacida de la tergiversación popular del mito platónico) donde las mitades opuestas se “atraen”. Por supuesto, con los seres humanos no podemos hablar de constantes inquebrantables, por lo cual estas características no son definitivas y pueden variar según sea el tiempo y las sociedades a las que se pertenezcan.

En conclusión, al amar corres el riesgo de no amar a una persona en particular sino su capacidad para proyectar tu propio reflejo (positivo o negativo), cual si de un último suspiro de Narciso frente al lago se tratara.

Lo curioso de este planteamiento es que dentro de la practica amorosa idílica y heredera del amor cortés y del eterno sacrificio, esta experiencia suele vivirse entre los límites de Eros y Tánatos, donde, objetivamente, nuestro fin nunca será pensar en el otro (aunque no se reconozca y se piense que lo vivido es "amor del bueno") sino en nosotros mismos y lo bello que somos cuando amamos. Sin el otro no somos capaces de existir porque sólo en él, gracias a su papel de espejo, podemos identificarnos y reconocernos. Y es en este punto, cuando los amantes suponen alcanzar el ideal de pareja: ser dos que se transforman en uno. En realidad lo que nacen de este acto caníbal son monstruos bicéfalos con hambres insaciables, donde pocas veces puedes encontrar huellas de los seres originarios.

Ante este panorama propongo como estrategia huir, ya que estos son dos senderos que conducen al mismo lugar: la desaparición física o simbólica del individuo. Como ocurre con Narciso, este debe morir ante la imposibilidad de alcanzar una unión total (aquí vale la pena recordar a Bataille cuando dice "el amor discontinuo pide muerte"); mas, en la unión de pareja, este ideal sólo podría ser alcanzado por la anulación o desaparición del otro y por lo tanto del reflejo que amamos. Toda una paradoja.
Aspasia
...
Tras la muerte de Narciso, la ninfa, Eco, quien siempre estuvo enamorada de él, desapareció dejando atrás las palabras que alguna ves pertenecieron a ambos:

Entre calles gastadas,
rostros cansados,
camino esta loca ciudad
a la espera de tu compañía.
Aquí estoy,
meciéndome,
leyendo y pensando
en esta extraña adicción
que lleva tu nombre.
Lee tranquilo
mientras velas mis sueños.