II PARTE
Amar es un sentimiento manoseado —y no con ternura— por el execrable dogma de los que creen saber qué es amar. Este sentimiento es tan anhelado que algunos rezan a Dios (yo personalmente prefiero hacerlo a Hécate o al Diablo) para que los ilumine con la dicha de su presencia, y así, de una vez por todas, darle sentido a su aburrida vida. Pareciera que más que un sentimiento, amar es uno de los tantos requisitos del programado ciclo vital, donde debemos crecer, ser exitosos, formar una familia, reproducirnos y morir, seguros de que con esto nuestra misión está cumplida. Como si amar y que te amen fuera tan fácil. Aunque no descarto que tales sucesos puedan ocurrir, ciertos hechos, casi científicamente observados, me dicen que una vida con tal recato y virtud es de muy improbable realización. Delirios de un loco antropófago que cree que la moral y las buenas costumbres son palabra común. Así que, mi ofuscado y mal llamdo amante te digo que en la realidad ocurre todo lo contrario, el amor puede ser todo menos una buena o sana costumbre.
Muy personalmente considero que el desconocimiento del amor ha de comenzar con la mala utilización de conceptos, iniciada en la creencia de que este es “una fuente de inagotable aceite”, que jamás habrá de faltar en nuestras vidas, que perdurará “hasta que la muerte nos separe”. Anticipadamente, debo aclarar que acá no hablamos del amor filial[1], el de los amigos o del sentimiento que aparece cuando tu mascota responde a una caricia. Nuestro amor es el más descarnado, el mismo que te sacude el alma —si es que tenemos una— porque ella no es lo suficientemente grande para entenderlo, el amor que en vez de amante nos debería colgar el título de masoquistas, verdugos o idiotas; en pocas palabras, el amor de los cuerpos y las pasiones (las más bajas y las más elevadas).
Nuestro principal problema es que esperamos demasiado del amor, y de quienes vienen con él. Suponemos que hay que hacer muy poco para merecerlo. Esperamos que quien nos ame nos conocerá mejor que nosotros mismos, nos pertenecerá y nosotros a él. No existirá lugar para los secretos. Sin darnos cuenta pasamos de pronombres personales a pronombres posesivos y creemos que la gloria será fundirnos con el otro hasta perder la identidad. Gravísimo error. ¿Si no nos conocemos, cómo pretendemos que otro desgraciado mortal lo haga? El amor es un sentimiento, que ha de ser gozado antes de ser entendido, supremamente egoísta y manipulador. En él no hay espacio para princesas encantadas ni príncipes azules sin defectos. Los que participan en este juego somos antes que nada humanos, llenos de dogmas, creencias y supuestos, quienes en cuestiones sentimentales utilizamos el instinto más que la razón.
¿Cómo confiar en algo que nace del riesgoso acto de la pasión?
El que ama ha de entender que amar es un riesgo porque nuestra carne queda expuesta y vulnerada cuando se entrega a otro. Pero quien sabe amar camina gozoso al cadalso. Sabe de la gloria que se adquiere en el dolor, el mismo que habrá de abandonarse cuando ya no ofrece lección o conocimiento alguno. No espera nada, sólo ama.
Y se ama con cada parte de tu ser. El amor incluye piel, sexo y comprensión. Ni más ni menos. Se entrega todo y se pierde todo. Es por ello que planteo que éste habrá de nacer del egoísmo (es el concepto más cercano que he encontrado y el de más fácil entendimiento mas eso no quiere decir que sea el ideal, pero como somos humanos no hay de otra…) más exacerbado y radical que pueda existir. No concebido en un concepto de ingratitud sino del estado necesario para entenderlo en su gran envergadura. El amor nace en el quererse a sí mismo, en la no dependencia existencial, sentimental y racional en el otro. Seamos egoístas sentimentales. Cuando aprendemos que primero debemos purificar el sentimiento en el egoísmo y la individualidad, amándonos primero a nosotros, seremos aptos para amar a otro humano ser. Cuando esto ocurra, dejaremos de darle nombre o títulos nobiliarios al amor. Lo llamaremos por nuestro nombre, transcendiendo y dejando, que en vez de llevarnos a un superfluo estado de felicidad, no acerque a un estado de completa paz. Donde no se espera nada, ni de él ni del otro. Sin odios, ni temores, ni tiempo, sólo amando… difícil empresa pero no imposible.
[1] No me interesa hablar del amor matrimonial porque considero que éste, como institución legal que es, debe manejarse como un negocio cualquiera. En él, antes de utilizar el corazón deberíamos utilizar la cabeza. Buscar el “socio” adecuado, jamás el amado, el que ofrezca mayor porcentaje de seguridad y efectividad, para así, evitar pérdidas de tiempo y dinero. Por supuesto, como en todo negocio, el riesgo estará siempre latente y el éxito no está del todo garantizado.



